lunes, 18 de agosto de 2014

Isla

Bajo la arena, húmeda y cobriza,
está mi hogar.

Medusas radiantes son mis ojos,
algas crispadas forman mi cabello,
recios mangles son mis piernas,
y mis brazos, anguilas cimbreantes.

Mi nombre es esta isla pronunciada por delfines.
Mis labios son un sendero buscado por las gaviotas.
Mi alma, el arrecife de coral
que se extiende bajo el vaivén de la memoria.

Soledad con sombrero, Alicia de la Campa Pak

viernes, 15 de agosto de 2014

Destino

Pronto olvidaré el mar y sus cuevas,
los fosos insondables donde muere el rumor del colibrí.

También olvidaré el metal y el asfalto,
la inmensidad de brea que anega la hierba.

Olvidaré la tormenta y los escombros,
los fragmentos en el temblor de la memoria.

Olvidaré el trance de los puentes y los confines,
el alba y el crepúsculo.

Y en esa plenitud de olvido,
procuraré restaurar lo que aún palpita.

La llamada, Remedios Varo

domingo, 20 de julio de 2014

Carpe diem

Ella permanece en una vigilia
guarecida en el abismo de su piel.
Su noche ha durado cincuenta años
y ha olvidado como es vestirse
asistida por los brazos del sol de la mañana.

Cuando amanece,
ella teje un escondrijo con los hilos de su cabello.
Desciende por una lianas delgadas
y por una escalera de rosas y granito,
sin percatarse de la espesura en la que se adentra.

Sella con cera herviente sus labios
y vacía sus hermosos ojos castaños.
Graba su nombre sobre un ataúd de lama grumosa;
como una emperatriz atareada
que prepara antes del atardecer
la ceremonia de su muerte.

Al final de cada año, ella mira a través de una fotografía
colgada en un espejo
su cabellera de los ochentas sin tintes ni aromas quemantes,
sus manos sin heridas ni arrugas penosas, 
sus pies albinos e inmóviles sobre el asfalto
que desde entonces amenazaba 
en convertirla en una terrible oscuridad.

Les feuilles mortes, Remedios Varo

lunes, 2 de junio de 2014

Fosas clandestinas

El arqueólogo cuelga de una polea hacia el centro de una ruina sombría.
Su vocación por explorar lo ha llevado hasta un espectáculo siniestro,
que ni el cine ni el narcótico más potente
podrían concederle en esa noche, que en lugar de estrellas, tiene luces de linternas.

El arqueólogo desciende,
mientras tierra armoniza la melodía que antecede a las tragedias.
Sus notas estallan en piedras grabadas con las quimeras de un país futuro.

La primera lluvia del invierno descubrió las caderas de una mujer,
que en verdad era una niña que empalmaba sus pasos imprecisos
con los zapatos de tacón que su padre ahora identifica,
y que aún los mira con desdén.
Junto a ella,
dos cráneos se disputan la edad que perdieron
y los pensamientos -cada vez menos humanos- se les desprenden
como gajos de piel.

El arqueólogo aún no advierte su descenso hacia el inframundo;
él sabe de pinturas rupestres en cuevas,
sabe del problema del Marihua Rojo 
y de la profundidad de una grieta de polillas en un libro proscrito.
Ahora sabe de la barbarie:
Descubre el presente de un país
gobernado por la locura ominosa de la muerte.




domingo, 1 de junio de 2014

Legado

A mi Única Luna; mi legado, hija, es el más terrible.

El remolino que deambula en la palma de mi mano,
te será entregado la inquietante noche de mi muerte.
Tendrás a la tormenta y el relámpago surgiendo de vos.
Decidirás entre la catástrofe y el rocío para la siembra.
Las nubes se formarán en tu boca
y, cada día, las espirarás hasta el cansancio.
Las personas correrán tras la estela de tus luminosos dedos;
creerán en una vida que no acaba
y confundirán la ciudad con el infierno.
Las aves migrarán de las heridas 
a los pliegues de tu palma, y ahí anidarán, sombrías.
Formarás nuevos ríos y acuosos seres.
Y una noche, también, todo empezará a desvanecerse 
y sabrás que el remolino es el principio de la vida,
y tu mano
el final de lo terrible.